DE ECONOMISTAS SABIOS Y dE APRENDICES dE BRUJO.

Por José Alberto Bekinschtein

La teoría y la política económicas argentinas de las últimas décadas han oscilado entre la adoración del mercado y la exaltación del Estado. Ambas recomendaciones no fueron del todo inocentes: se han hecho fortunas tanto sobre la concentración económica resultante de la visión “neoliberal”, como de la “nacional”, montadas en la - a veces buscada- zoncera de un Estado que termina siendo no más que un distribuidor anárquico de privilegios sin contrapartida.

Los “liberales” no se preocuparon por generar mercados competitivos, como pueden dar fe los usuarios de servicios públicos, de la banca, de las comunicaciones, de la obra pública, del espacio urbano, entre muchos etcéteras. Los “nacionales” no se preocuparon por fundar o reformar un Estado capaz de gestionar, ni de cómo se sostiene. En resumen, a los partidarios de un Estado activo sólo en premiar lealtades electorales, se oponen ilustrados economistas y políticos promercado que sólo terminan en la apertura (selectiva) del mercado local. Los oligopolios que producen no transables bien, gracias. Liberales sin mercado, “nacionales” sin Estado: lo peor de ambos mundos.

Un alto funcionario del FMI se sorprende cuando políticas monetarias y ajustes fiscales celebrados como “el camino correcto” resultan, al revés de lo que marcan sus textos, en una inflación creciente. Se culpa entonces al bimonetarismo autóctono, sin percibir que el tal apego a monedas foráneas no es más que el resultado de malos diagnósticos y peores ejecuciones.

En los ahora famosos 70 años de fiesta hubo de todo, gobiernos y ministros “serios” del “mainstream” bajo gestión militar o civil y “populistas”. Curiosamente si de inflación hablamos, los resultados no fueron muy diversos: en 50 años, que excluyen los de transición de gobiernos, una guerra, y la olla a presión de la convertibilidad, hubo 20 de gestión “seria” y 30 de “la otra”. Medidos por la evolución anual del IPC, las performances comparadas no están muy alejadas: 69 contra 79 por ciento de inflación anual promedio.

Una interpretación del fenómeno inflacionario, elaborada por el más importante economista argentino de la segunda mitad del siglo XX ayuda a explicar los fracasos de las doctrinas unívocas. Allá por 1959, Julio H.G. Olivera describió el carácter multidimensional de la inflación en América latina, y especialmente, en la Argentina. Bajo el título “La teoría no monetaria de la inflación” sostenía que para explicar el proceso inflacionario se debían también tomar en cuenta la importancia de los factores no monetarios o “reales”, en especial los movimientos de los precios relativos, o sea los de los bienes y servicios entre sí. ¿Por qué? Porque especialmente en economías subdesarrolladas, los mercados están muy lejos de ser perfectos, los precios no son flexibles, sobre todo a la baja y entonces sus movimientos terminan con una suba generalizada del nivel de precios.

En la economía real, la rigidez de los precios provoca que “toda variación de las relaciones de valor entre las mercancías acarree un aumento general del nivel de precios, sea cual fuere la causa de esa variación”. En condiciones de inflexibilidad de precios a la baja, en mercados imperfectos, se produce un estado crónico de inflación. El aumento en el nivel de precios es la forma de ajuste de las relaciones de precios.

El Banco Central puede fijar la oferta monetaria: en ese caso, los niveles de precios dados determinarán la velocidad de circulación del dinero (cuántas veces cambia la plata de mano en un período dado) para satisfacer el volumen de transacciones requerido por la economía. Pero hete aquí que, dadas las presiones inflacionarias generadas por los movimientos de precios relativos, si la cantidad de dinero no se expande en la medida necesaria, el sistema económico pierde la posibilidad de converger a una posición de equilibrio”. Es más, la presión no monetaria sobre los precios continúa, lo que produce“… una baja del ingreso real y, por lo tanto, de un menor empleo y de utilización de los recursos productivos”.

En las economías de desarrollo insuficiente “las imperfecciones en el sistema de precios suelen ser altas, por falta de una adecuada extensión u organización de los mercados internos”. Es lo que provoca el desconcierto de funcionarios del FMI.

Respecto del ajuste monetario, “no hay manera de saber cuál es la cantidad indispensable de medios de pago necesaria en un determinado momento”: si es excesiva, tendremos una inflación adicional de origen monetario. Si es deficiente “… y la velocidad de circulación no se adapta en la magnitud requerida, descenderá el grado de empleo y utilización de los recursos productivos de la sociedad. Pero su efecto deprimente sobre los incentivos para invertir… la disminución en el aprovechamiento de la capacidad productiva tiende de suyo a traducirse en inflación de costos”.

Adicionalmente, la misma política monetaria provoca “efectos de dirección” que “recaen especialmente sobre ciertos grupos sociales y ramas de actividad” lo que a su vez tenderá a renovar los trastornos en los precios relativos y en el nivel general de precios. Se trata de un fenómeno sistémico que no puede ser combatido con aproximaciones simples.

La política económica vista alternativamente como el evangelio monetarista o el relato doctrinario-fantástico fundado sobre un estado presuntamente eficiente, resulta así en la insistencia en el fracaso y el empobrecimiento. Como hace ya sesenta años cuando Olivera escribió su paper, la combinación funesta de un capitalismo sin mercado y de un Estado inservible, están a la vista.