China - la Argentina: las bases para una relación más equitativa (qué podría decirle Macri a los chinos cuando los vea)

Por José Alberto Bekinschtein

El comercio entre China (incluyendo Hong Kong) y la Argentina en los últimos cinco años ha estado en el orden de los 16 mil quinientos millones de dólares anuales, de los cuales 5 mil quinientos millones de exportaciones argentinas y 11 mil millones de importaciones desde China. El déficit acumulado en el quinquenio suma así 26 mil quinientos millones de dólares, poco menos que el total del balance comercial total de la Argentina en el período.

Pero más allá de los resultados del comercio hay grandes asimetrías en la importancia relativa de ambos países en sus respectivos mercados y en el perfil del intercambio.

Existen entre ambas partes, lo que podemos llamar asimetrías “dadas” y asimetrías simplemente, “aceptadas”. Entre las primeras, dimensiones físicas, territoriales, de población, tamaño de la economía. Las otras son construidas por la historia y por la política. Por eso mismo son potencialmente modificables, en función de decisiones y acciones precisamente, políticas. Entre ellas, por ejemplo, las disimilitudes entre la importancia relativa del comercio entre ambos para China, menos del 0, 6% de su comercio total y para la Argentina, casi el 20% de su comercio total.

Sólo el 0,3 % de las exportaciones chinas tienen como destino la Argentina, lo cual a su vez es una décima parte del mercado sudamericano.

Las exportaciones chinas son casi totalmente de manufacturas, especialmente de aquellas que incorporan trabajo calificado y tecnología.

A su vez China ocupa el segundo puesto como destino de nuestras exportaciones. Representa el mercado para el 7,5% de los embarques desde la Argentina.

Este perfil asimétrico de comercio ha venido acompañado de un proceso de desindustrialización en la Argentina y en la región.

Claro, no es totalmente atribuible a la evolución de nuestro comercio con China (políticas domésticas o falta de ellas: el cambio tecnológico, las decisiones de empresas transnacionales seguramente han tenido algo que ver), pero el “culpable” visible es China.

Por otro lado, los flujos de inversión directa de China hasta el momento no han hecho más que fortalecer esta impresión de “primarización” ya que el 90 % de la inversión china en la región se ha dirigido a actividades extractivas.

La actualización del Libro Blanco de relaciones con América Latina publicado en Beijing en noviembre de 2016 reconoce algo de esto y las molestias que provoca cuando habla de impulsar la inversión en el sector industrial (para aumentar la capacidad de producción en esa región) y financiero - cita en concreto préstamos especiales para la construcción de infraestructura -, así como reforzar la cooperación en energía, agricultura, ciencia y tecnología.

Tal modelo de cooperación merece una cuidadosa atención de nuestra parte e indica que China está dispuesta a avanzar en, como dicen los chinos, una relación basada en “la igualdad y el beneficio mutuo”.

No podemos menos que estar de acuerdo en la apuesta que allí se hace por incrementar la coordinación entre China y Latinoamérica/Caribe en asuntos internacionales, en el marco de la ONU y otros organismos y en la lucha contra el cambio climático, promoviendo la implementación del acuerdo de París.

¿Cómo se traduce esto en hechos?

China necesita distinguir, en su aproximación a la región, las distintas realidades de nuestras economías nacionales. Entre aquellos países de nuestro continente que han adoptado conscientemente o llevados por las circunstancias, modelos de crecimiento puramente basados en las ventajas comparativas y de base extractiva. Y aquellas economías que aún hoy mantienen una voluntad de conservar una sociedad integrada a través del desarrollo industrial y tecnológico, como camino a la generación de trabajo digno y creativo y como vía de acceso a derechos mínimos de ciudadanía para toda la población.

China puede pasar de ser vista como un factor mayor de desindustrialización a un socio mayor en la generación de valor agregado en la transformación de nuestras materias primas y alimentos básicos. La asociación de empresas chinas con grupos locales o incluso la inversión greenfield de empresas chinas del sector de alimentos en nuestro territorio, con proyectos vinculados a la exportación al propio mercado chino y al resto de Asia, contribuirá sin duda no sólo al desarrollo de negocios rentables, sino a un cambio en la percepción de China como amenaza, a la de China como asociada a nuestro propio proyecto de desarrollo sustentable. En los países más industrializados, China mantiene como aliados frente a presiones proteccionistas a todo un sector industrial, posiblemente el más avanzado tecnológicamente (aeronáutica, TICs, material de transporte) para el cual China es un mercado fundamental o su base de operaciones en Asia. Ese tipo de sociedad, de poder de lobby, llamémoslo así ¿por qué no? está poco presente en nuestros países, donde el principal aliado de China es sólo el sector importador. Es lo que hay que cambiar.

El desarrollo chino y no hablamos sólo desde las reformas de 1978 o 1992, ha sido una muestra de pragmatismo sí, pero en función de un proyecto conducido desde los más altos niveles del Estado.

Si a partir de las reformas de los años 90, China hubiera seguido el camino de especializarse únicamente según criterios de mercado y de ventajas comparativas, seguramente hoy sería sólo una gran fábrica de textiles o de zapatos, basados en mano de obra barata. Sabemos que no ha sido así. Las cifras del perfil exportador que vimos antes lo indican.

Un ejemplo que nos toca de cerca es el de la China National Railway que es hoy nuestra principal proveedora de material ferroviario. Su desarrollo como gran grupo exportador no hubiera sido posible sin políticas de Estado que durante décadas le permitieron disponer de recursos financieros y de desarrollo tecnológico, y sobre todo de metas de estrategia industrial. A fines de los 90, China decidió que sus primeras líneas de trenes de alta velocidad se iban a ejecutar en todo lo posible con desarrollos tecnológicos y de ingeniería propios, pese a los costos que ello implicaría en relación a la simple incorporación de tecnología japonesa, francesa o alemana. Hoy la CNR es la mayor exportadora mundial de material ferroviario.

Necesitamos entonces empresas chinas que inviertan en nuestro propio proceso de transformación. Y también es menester que los líderes del Gobierno y del Partido Comunista Chino, entiendan el derecho y la voluntad de países como el nuestro de generar las bases económicas para un desarrollo integral de nuestra economía y nuestra sociedad, tal como China lo ha venido haciendo. No planificando autoritariamente. Con la utilización del mercado como instrumento apto para la asignación de ciertos precios y de ciertos recursos. Pero también con una visión estratégica que oriente las decisiones de política no sólo en base a los precios de hoy, sino teniendo en cuenta la visión de qué queremos para nuestras naciones en cinco, diez o veinte años.

Tal podría ser la base para una “relación estratégica” en serio.