Trazos del mediano plazo

Por Hernán Neyra

Dos años atrás, estábamos discutiendo si la reforma ministerial que llevaba a 20 los ministerios y desmembraba las decisiones económicas, era razonable.

Pasamos de un superministro como fue Cavallo, con la suma de los ministerios de Economía y obras y servicios públicos, a que esas decisiones sean tomadas por 8 personas distintas sin contacto entre sí. Entendemos las razones políticas: que nadie tenga vuelo propio, ni haga sombra. No entendemos las razones económicas. Si bien nadie aspira a tener esos superministros, parece que es hora de que se piense coordinadamente.

El Gobierno está embarcado en profundas reformas: fiscal, laboral y de relaciones económicas con las Provincias. Resulta curioso que una variable que cualquier empresario miraría para saber si invertir o no, y a qué plazos, no está en discusión. Se trata de pensar la relación dentro de la empresa (reforma laboral), la relación de la empresa con el Estado (reforma fiscal) y de los Estados entre sí (reforma de coparticipación). De entre todo ello, no está contemplado cuál será la relación del Estado federal con los otros Estados. No sabemos si queremos más Mercosur, si queremos aliarnos a los Estados Unidos, o a China. O a Rusia. Ni en qué rol ni de qué forma. Una de las definiciones básicas para esa relación es el tipo de cambio. No sabemos qué tipo de cambio queremos o podemos tener.

Al no tener definiciones de tipo de cambio, un trabajoso cambio en la relación salarial y horas trabajadas para ganar competitividad, puede ser barrido por una baja del tipo de cambio de un modesto 10%. Y eso ocurriría si, por ejemplo, aumentaran las exportaciones o subiera el nivel de endeudamiento de la Nación o las Provincias.

Todo el esfuerzo de ganancias de productividad en la relación laboral debería tener correlato con la relación salarial, a menos que lo que busquemos sea una mayor concentración del ingreso, que puede venir de una nueva baja en el tipo de cambio.

Si las exportaciones no crecieran, todo el andamiaje armado tambalearía si la presión de los pagos de deuda sube en términos del PBI y sobre los Presupuestos de Nación y Provincias. Ahí hay incentivos a tener el tipo de cambio bajo, porque con menos pesos se pagaría más deuda externa. Y de ahí el problema de no preguntarse a quién le sirve el tipo de cambio más bajo o más alto. Para pensar una economía, hay que pensarla en términos dinámicos: si hago esto hoy, ¿cómo repercutirá en lo que ocurra mañana? Eso es pensar un plan económico. No medidas aisladas. No medidas salvajes como en los noventas, sino pensando en el mediano plazo y viendo qué necesitan las empresas, pero también qué necesitan los trabajadores.

Necesitamos una economía que pueda exportar más que lo que importa y que pueda pagar las deudas contraídas. Si no, volveremos al parecer eterno círculo de frustraciones.